martes, 30 de octubre de 2018

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El concepto de ciudadano digital empieza, en estos tiempos, a cobrar más importancia y consideración entre politólogos y sociólogos. El concepto de ciudadano digital empieza, en estos tiempos, a cobrar más importancia y consideración entre politólogos y sociólogos. De hecho el concepto de comunidad siempre ha sido complementar al de ciudadano en la tradición del pensamiento filosófico y político. El segundo apartado del libro es una primera aproximación al ciudadano digital a través de la descripción de su peculiar comunidad: la comunidad virtual. Robles sostiene que lo digital resulta ser, hoy en día, una extensión del concepto clásico de comunidad. Si ésta se concibe como un espacio para una serie de interacciones, mantenidas por individuos identificables, y que generan intereses comunes, normas, obligaciones y sentimientos de reciprocidad, dicho espacio puede ser tanto físico como virtual.
Las comunidades virtuales son una forma que toma vida a partir de una comunidad real y física y que se apoya en internet para poder contar con un ulterior canal de interacción. En la segunda tipología caben las comunidades definidas dispersas, cuyo lazo de unión son exclusivamente determinados aspectos o intereses en común que se refuerzan a través de internet. Este último tipo es el que más frágil resulta, mientras que el primero, siendo un reforzamiento de relaciones ya existentes en el mundo real, es más estable y resistente. Lo mismo ocurre con las comunidades virtuales políticas: no se generan gracias a internet, pero sí que internet permite ampliar y reforzar las que ya existen. Para poder acceder a este estatus es preciso satisfacer tres condiciones. La primera es el acceso a internet. El autor, a través de datos empíricos, pone de manifiesto cómo, en la realidad española, tanto la edad como el nivel de estudios son variables que explican estadísticamente la frecuencia de acceso a internet entre la población: a mayor nivel de estudios y a menor edad, corresponde una mayor difusión del uso de internet. Aunque, como explica Robles, es el nivel de estudios la variable más explicativa y que más tiene que ver con la brecha digital. Otro requisito fundamental del ciudadano digital es la posesión de habilidades de manejo de la tecnología de nivel medio alto. Por último resulta ser fundamental que el usuario reconozca la utilidad de los servicios ofrecidos por internet.
Internet es un medio que dispara nuestro carácter activo y selectivo, pues no hay más remedio que hacerlo desde el mismo momento en el que nos conectamos a la Red. Ahora bien, un excesivo celo en construir y preservar dispositivos de selección personal puede ser contraproducente, sobre todo si se hace desde un cierto solipsismo. La revolución cognitiva atribuida a Internet puede devenir en auténtica involución cognitiva si finalmente las únicas fuentes de información del mundo son las que extraemos del ciberespacio o del espacio audiovisual tras haber seleccionado estrictamente el tipo de información que previamente deseábamos recibir. De hecho, Internet nos permite recibir cómodamente en nuestro hogar la oferta audiovisual (informaciones, entretenimiento, servicios...) que previamente le hemos marcado. La Red nos abre a un universo comunicativo prediseñado de personal manera, La dimensión audiovisual del yo será tan superes especializada y tan personalizada, nuestro aparato cognitivo verá reducidas increíblemente las oportunidades para enfrentarse y contrastar conocimientos e informaciones heterogéneas y no previstas, con lo cual se tambaleará el suelo para la construcción de experiencias sociales compartidas y debatidas, es decir, para la construcción del civismo democrático. La individuación favorecida por Internet puede sumergirnos, convertirnos en personas aisladas, no obstante, algo ajeno, distante y extraño. Analizar así las amenazas para la democracia deliberativamente constituida que se derivan de una capacidad selectiva hipertrofiada por la Red. La fuerza de tales pronósticos nos la evidencian investigaciones más recientes: la Red está transformando de tal modo la televisión que los adolescentes entrevistados por el ni siquiera comprenden la idea de ver la televisión con un horario ya programado, puesto que la ven en la pantalla del ordenador y, cada vez más, en dispositivos portátiles. Estos servicios incrementan la comodidad y el entretenimiento de cada cual, pero el creciente control de los consumidores audiovisuales para filtrar lo que les llega tiene sus peligros para el buen funcionamiento de un sistema democrático que se tenga por tal. Una sociedad plural y democrática no solo ha de fomentar la libertad actuando frente al gobierno (limitando su capacidad de censura y respetando al máximo las elecciones individuales). La libertad requiere de iniciativas públicas, de medidas educativas y formativas para evitar que la suma de decisiones individuales razonables –como la decisión de personalizar y filtrar digitalmente el extenso ámbito de lo audiovisual– produzca a la larga un deterioro del tejido social y de las libertades reales de los ciudadanos.
En democracia, además, se requiere que la mayoría de ciudadanos –o un gran número de ellos– tenga experiencias comunicativas comunes, análogas. La diversidad cultural e in - formativa –la multiplicidad pos - moderna– es un valor apreciable, pero tiene sus límites: no es un valor a perseguir cuando revierte en fragmentación social y cuando impide enfrentarse de modo cívicamente común a problemas comunes. Los peligros de la fragmentación comunicativa –digital o audiovisual– son mayores a medida que las naciones se vuelven más globales. Peligros que repercuten en la construcción de una ciudadanía provechosamente cosmopolita2. Las tecnologías para el filtrado, propias de la sociedad-red, pueden peligrosamente romper estas dos condiciones para cualquier sistema político de libertades, entendidas como participación y deliberación cívica y como desarrollo social y humano. El buen funcionamiento del orden democrático se verá en serias dificultades si los procesos de filtrado comunicativo se radicalizan y se extienden indiscriminadamente a través de la Red: si los ciudadanos, reducidos a su dimensión de consumidores digitales, renuncian a las oportunidades para enfrentarse a diferentes opiniones, sobre todo aquéllas que tienen que ver con cuestiones comunes (políticas, socio morales, culturales...) indispensables para la vida público. Las nuevas formas de socialización-en-red pueden ser, y de hecho son con frecuencia, nuevos caminos para reforzar lazos sociales previos y relaciones directas entre conocidos, amigos o familiares. Son asimismo una oportunidad constante para entrar en contacto con gente afín en cuanto a aficiones, ideologías, gustos de todo tipo, preferencias culturales… Tales formas de socialización (por ejemplo, las que se desarrollan al calor de las redes sociales) se con verterán en un impulso para el civismo-en-red siempre que se cumplan ciertas condiciones. Para empezar, que uno esté dispuesto a no encasillarse en un tipo de experiencia tecno-socializante que le aísle del resto de problemas sociales generales o de los retos que nuestro mundo globalizado nos impone más allá del grupo concreto de referencia. El peligro de cierto uso y abuso de las redes sociales se hace explícito cuando se minan los requisitos para el civismo democrático, cuando la cascada comunicacional da paso a la configuración de «islas digitales» en las que solo se comparten experiencias previamente seleccionadas con personas análogas, desentendiéndose el usuario del resto de cuestiones que directa o indirectamente le afectan en tanto que miembro de una sociedad plural e indefectiblemente global. La pluralidad, sin duda uno de los fundamentos axiológicos de las democracias maduras, puede degenerar en una especie de «endogamia digital múltiple». Las acciones dirigidas a la selección y filtrado a través de la Red podrían llevar a una general o parcial involución cognitiva, antes que a la revolución cognitiva que atribuía a nuestra época digital. Quizás sea bueno estar al tanto de este peligro para poder combatirlo educativamente como cabe. La Red, proveedora de efectivos sistemas de filtrado, puede ponernos en contacto exclusivamente con las opiniones que queremos escuchar, con los artículos o comentarios de los políticos de nuestra cuerda ideológica, con el tipo de discurso (deportivo, artístico, político, económico...) que confirmará o reforzará nuestro universo simbólico. En una obra posterior incide en las precauciones que cabe adoptar ante el avance de la. En este sentido, se remite a un curioso experimento realizado en 2005 en Colorado: se escogió a unos 60 ciudadanos adultos llegados de distintos estados, formando grupos de cinco o seis personas. A los grupos se les pidió que deliberaran acerca de tres cuestiones políticas y sociales controvertidas: ¿Debe - rían los estados permitir las uniones civiles entre parejas de un mismo sexo? ¿Deberían los empresarios iniciar acciones positivas para dar preferencia a miembros de colectivos tradicionalmente desfavorecidos? ¿Deberían los EEUU firmar un tratado internacional para combatir el calentamiento global? Los grupos se organizaron según la ideología mayoritaria del lugar de procedencia, dividiéndose en grupos procedentes de enclaves liberales3 y conservadores. ¿Resultado? El que sería esperable según lo que hace poco hemos dicho: las discusiones y los diálogos, en vez de moderar las posiciones, actuaron como resorte de posiciones más extremas. En casi todos los casos, la gente se atrincheró en posiciones más uniformes después de hablar con gente afín los desacuerdos se redujeron o desaparecieron después de un mero diálogo de 15 minutos. Además, el experimento sacó a la luz un segundo efecto: aparte de radicalizar la diferencia, homogeneizó la analogía. Los grupos liberales y conservadores perfilaron homogéneamente sus diferentes creencias, tras conducirlas a posiciones más extremas. Aplicado a nuestro tema, Internet (más que los medios de comunicación tradicionales) hace que sea mucho más fácil que los ciudadanos repitan la experiencia de Colorado. De hecho, alguien que recela de la veracidad del calentamiento global (o de la veracidad del holocausto…) puede encontrar en la Red una inmensidad de argumentos y espacios que confirman (consolidan o radicalizan) su creencia, excluyendo cualquier material diferente o alternativo. Aunque no es menos cierto que en In terne podemos encontrar el desarrollo de posiciones y noticias.


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