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El concepto de ciudadano digital empieza, en estos tiempos,
a cobrar más importancia y consideración entre politólogos y sociólogos. El
concepto de ciudadano digital empieza, en estos tiempos, a cobrar más
importancia y consideración entre politólogos y sociólogos. De hecho el
concepto de comunidad siempre ha sido complementar al de ciudadano en la
tradición del pensamiento filosófico y político. El segundo apartado del libro
es una primera aproximación al ciudadano digital a través de la descripción de
su peculiar comunidad: la comunidad virtual. Robles sostiene que lo digital
resulta ser, hoy en día, una extensión del concepto clásico de comunidad. Si
ésta se concibe como un espacio para una serie de interacciones, mantenidas por
individuos identificables, y que generan intereses comunes, normas,
obligaciones y sentimientos de reciprocidad, dicho espacio puede ser tanto
físico como virtual.
Las comunidades virtuales son una forma que toma vida a
partir de una comunidad real y física y que se apoya en internet para poder
contar con un ulterior canal de interacción. En la segunda tipología caben las
comunidades definidas dispersas, cuyo lazo de unión son exclusivamente
determinados aspectos o intereses en común que se refuerzan a través de
internet. Este último tipo es el que más frágil resulta, mientras que el
primero, siendo un reforzamiento de relaciones ya existentes en el mundo real,
es más estable y resistente. Lo mismo ocurre con las comunidades virtuales
políticas: no se generan gracias a internet, pero sí que internet permite
ampliar y reforzar las que ya existen. Para poder acceder a este estatus es
preciso satisfacer tres condiciones. La primera es el acceso a internet. El
autor, a través de datos empíricos, pone de manifiesto cómo, en la realidad española,
tanto la edad como el nivel de estudios son variables que explican
estadísticamente la frecuencia de acceso a internet entre la población: a mayor
nivel de estudios y a menor edad, corresponde una mayor difusión del uso de
internet. Aunque, como explica Robles, es el nivel de estudios la variable más
explicativa y que más tiene que ver con la brecha digital. Otro requisito
fundamental del ciudadano digital es la posesión de habilidades de manejo de la
tecnología de nivel medio alto. Por último resulta ser fundamental que el
usuario reconozca la utilidad de los servicios ofrecidos por internet.
Internet es un medio que dispara nuestro carácter activo y
selectivo, pues no hay más remedio que hacerlo desde el mismo momento en el que
nos conectamos a la Red. Ahora bien, un excesivo celo en construir y preservar
dispositivos de selección personal puede ser contraproducente, sobre todo si se
hace desde un cierto solipsismo. La revolución cognitiva atribuida a Internet
puede devenir en auténtica involución cognitiva si finalmente las únicas
fuentes de información del mundo son las que extraemos del ciberespacio o del
espacio audiovisual tras haber seleccionado estrictamente el tipo de
información que previamente deseábamos recibir. De hecho, Internet nos permite
recibir cómodamente en nuestro hogar la oferta audiovisual (informaciones,
entretenimiento, servicios...) que previamente le hemos marcado. La Red nos
abre a un universo comunicativo prediseñado de personal manera, La dimensión
audiovisual del yo será tan superes especializada y tan personalizada, nuestro
aparato cognitivo verá reducidas increíblemente las oportunidades para
enfrentarse y contrastar conocimientos e informaciones heterogéneas y no
previstas, con lo cual se tambaleará el suelo para la construcción de
experiencias sociales compartidas y debatidas, es decir, para la construcción
del civismo democrático. La individuación favorecida por Internet puede
sumergirnos, convertirnos en personas aisladas, no obstante, algo ajeno,
distante y extraño. Analizar así las amenazas para la democracia
deliberativamente constituida que se derivan de una capacidad selectiva
hipertrofiada por la Red. La fuerza de tales pronósticos nos la evidencian
investigaciones más recientes: la Red está transformando de tal modo la
televisión que los adolescentes entrevistados por el ni siquiera comprenden la
idea de ver la televisión con un horario ya programado, puesto que la ven en la
pantalla del ordenador y, cada vez más, en dispositivos portátiles. Estos
servicios incrementan la comodidad y el entretenimiento de cada cual, pero el
creciente control de los consumidores audiovisuales para filtrar lo que les
llega tiene sus peligros para el buen funcionamiento de un sistema democrático
que se tenga por tal. Una sociedad plural y democrática no solo ha de fomentar
la libertad actuando frente al gobierno (limitando su capacidad de censura y
respetando al máximo las elecciones individuales). La libertad requiere de
iniciativas públicas, de medidas educativas y formativas para evitar que la
suma de decisiones individuales razonables –como la decisión de personalizar y
filtrar digitalmente el extenso ámbito de lo audiovisual– produzca a la larga
un deterioro del tejido social y de las libertades reales de los ciudadanos.
En democracia, además, se requiere que la mayoría de
ciudadanos –o un gran número de ellos– tenga experiencias comunicativas
comunes, análogas. La diversidad cultural e in - formativa –la multiplicidad
pos - moderna– es un valor apreciable, pero tiene sus límites: no es un valor a
perseguir cuando revierte en fragmentación social y cuando impide enfrentarse
de modo cívicamente común a problemas comunes. Los peligros de la fragmentación
comunicativa –digital o audiovisual– son mayores a medida que las naciones se
vuelven más globales. Peligros que repercuten en la construcción de una
ciudadanía provechosamente cosmopolita2. Las tecnologías para el filtrado,
propias de la sociedad-red, pueden peligrosamente romper estas dos condiciones
para cualquier sistema político de libertades, entendidas como participación y
deliberación cívica y como desarrollo social y humano. El buen funcionamiento
del orden democrático se verá en serias dificultades si los procesos de
filtrado comunicativo se radicalizan y se extienden indiscriminadamente a
través de la Red: si los ciudadanos, reducidos a su dimensión de consumidores
digitales, renuncian a las oportunidades para enfrentarse a diferentes
opiniones, sobre todo aquéllas que tienen que ver con cuestiones comunes
(políticas, socio morales, culturales...) indispensables para la vida público.
Las nuevas formas de socialización-en-red pueden ser, y de hecho son con
frecuencia, nuevos caminos para reforzar lazos sociales previos y relaciones
directas entre conocidos, amigos o familiares. Son asimismo una oportunidad
constante para entrar en contacto con gente afín en cuanto a aficiones,
ideologías, gustos de todo tipo, preferencias culturales… Tales formas de
socialización (por ejemplo, las que se desarrollan al calor de las redes sociales)
se con verterán en un impulso para el civismo-en-red siempre que se cumplan
ciertas condiciones. Para empezar, que uno esté dispuesto a no encasillarse en
un tipo de experiencia tecno-socializante que le aísle del resto de problemas
sociales generales o de los retos que nuestro mundo globalizado nos impone más
allá del grupo concreto de referencia. El peligro de cierto uso y abuso de las
redes sociales se hace explícito cuando se minan los requisitos para el civismo
democrático, cuando la cascada comunicacional da paso a la configuración de
«islas digitales» en las que solo se comparten experiencias previamente
seleccionadas con personas análogas, desentendiéndose el usuario del resto de
cuestiones que directa o indirectamente le afectan en tanto que miembro de una
sociedad plural e indefectiblemente global. La pluralidad, sin duda uno de los
fundamentos axiológicos de las democracias maduras, puede degenerar en una
especie de «endogamia digital múltiple». Las acciones dirigidas a la selección
y filtrado a través de la Red podrían llevar a una general o parcial involución
cognitiva, antes que a la revolución cognitiva que atribuía a nuestra época
digital. Quizás sea bueno estar al tanto de este peligro para poder combatirlo
educativamente como cabe. La Red, proveedora de efectivos sistemas de filtrado,
puede ponernos en contacto exclusivamente con las opiniones que queremos
escuchar, con los artículos o comentarios de los políticos de nuestra cuerda
ideológica, con el tipo de discurso (deportivo, artístico, político,
económico...) que confirmará o reforzará nuestro universo simbólico. En una
obra posterior incide en las precauciones que cabe adoptar ante el avance de
la. En este sentido, se remite a un curioso experimento realizado en 2005 en
Colorado: se escogió a unos 60 ciudadanos adultos llegados de distintos
estados, formando grupos de cinco o seis personas. A los grupos se les pidió
que deliberaran acerca de tres cuestiones políticas y sociales controvertidas:
¿Debe - rían los estados permitir las uniones civiles entre parejas de un mismo
sexo? ¿Deberían los empresarios iniciar acciones positivas para dar preferencia
a miembros de colectivos tradicionalmente desfavorecidos? ¿Deberían los EEUU
firmar un tratado internacional para combatir el calentamiento global? Los
grupos se organizaron según la ideología mayoritaria del lugar de procedencia,
dividiéndose en grupos procedentes de enclaves liberales3 y conservadores.
¿Resultado? El que sería esperable según lo que hace poco hemos dicho: las
discusiones y los diálogos, en vez de moderar las posiciones, actuaron como
resorte de posiciones más extremas. En casi todos los casos, la gente se
atrincheró en posiciones más uniformes después de hablar con gente afín los
desacuerdos se redujeron o desaparecieron después de un mero diálogo de 15
minutos. Además, el experimento sacó a la luz un segundo efecto: aparte de
radicalizar la diferencia, homogeneizó la analogía. Los grupos liberales y
conservadores perfilaron homogéneamente sus diferentes creencias, tras conducirlas
a posiciones más extremas. Aplicado a nuestro tema, Internet (más que los
medios de comunicación tradicionales) hace que sea mucho más fácil que los
ciudadanos repitan la experiencia de Colorado. De hecho, alguien que recela de
la veracidad del calentamiento global (o de la veracidad del holocausto…) puede
encontrar en la Red una inmensidad de argumentos y espacios que confirman
(consolidan o radicalizan) su creencia, excluyendo cualquier material diferente
o alternativo. Aunque no es menos cierto que en In terne podemos encontrar el
desarrollo de posiciones y noticias.